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3 feb. 2011

Literatura, La Biblia Negra 2, Diego Hernández Colín

parte 1
(...) Ahora empezaba a recordar todo lo que en la noche pensaba, con los ojos abiertos, caminando por las calles de la ciudad durmiente. Recordaba cuando bajaba por la ventana y sólo empezaba a caminar. Era como si el cuerpo estuviera en automático mientras las ideas empezaban a brotar por el cerebro; sólo las rumiaba. Recordaba porqué decidí hacer aquellas esas excursiones nocturnas: Al dormir me convertía en otro Yo, un monstruo buscando el momento oportuno para conquistar mi Yo Cotidiano y gobernarlo mientras dormía. Era un monstruo que lo sabía todo y tenía las respuestas a todas las preguntas, las soluciones a todos los problemas y todas las agallas para impulsarme a hacerlo. Y no me gustaba sentirme desbaratado por esa fuerza desconocida con la que me identificaba tanto. En el sueño era poseedor de una sabiduría absoluta que desaparecía cuando mis párpados se despegaban y volvía a ser Yo. El monstruo regresaba a la oscuridad y me levantaba de la cama sudando frío, con la chispa de angustia por no poder explicar lo que pasaba, me daba miedo el pensar que aquel monstruo algún día pudiese resistirse a esconderse al despertarme y mandar sobre mí.
Así que un día decidí no dejarme controlar, decidí no dormir. Por las noches me sumergía en libros tratando de no evocar a mi mente el cansancio físico o a aquel monstruo temido esperando a que cayese dormido para poseerme por unas horas para después marcharse dejándome con el vello  de todo el cuerpo erizado. Pero no funcionó. Al final quedaba sumergido en los libros convertidos al amanecer en manchas deformadas y líneas onduladas a causa del sudor empapado en las antiguas páginas. Un día decidí salir a caminar, no contaba con que sería toda la noche,  era de madrugada, pero no me sentía seguro al salir por la puerta, temía que el perro ladrara descontroladamente. Salí por la ventana, pensaba en volver dentro de diez minutos, tal vez quince como máximo. Me di cuenta que la brisa nocturna m mantenía despierto sin esfuerzo, entusiasmado caminé más de quince minutos, horas, corriendo al ver el cielo aclararse en tonos rojizos. Llegaría tarde  mis estudios, pero ¿Qué diablos importaba, si había descubierto para no volver a verle jamás?
Ese primer escape no fue planeado, pero el segundo tenía que ser perfecto. Llevaría comida para el viaje, agua, música, etc. Salí de mi ventana arrojando una mochila llena de cosas, cosas que sin darme cuenta sólo estorbarían. No me importaba, caminaba, comía y bebía con los audífonos del reproductor puestos a todo volumen. Pero poco a poco el peso de la mochila me obligó a sentarme en un banca del parque por el que había pasado hace pocos metros. De éso sólo recuerdo que me senté, “sólo por un momento” y desperté casi al amanecer. No sentía mis piernas y mi mochila había desaparecido. La tercera noche cargué únicamente una botella de agua.

Al no tener en que entretener mi mente, ésta empezó a bombardearme con ideas y recuerdos del día que se había consumido hace horas. Por primera vez ponía atención a todos mis pensamientos, podía analizarlos y jugar con ellos, creando una mezcla paralela a la realidad imaginado hechos absurdos. Sin darme cuenta a donde me dirigía, pasé horas jugando en mi imaginación, mezclando imágenes, sonidos, recuerdos, preguntándome si se referían a eso como soñar despierto. No había tiempo ni espacio, sólo eran ideas. Para cuando regresé al mundo real, me encontré en la puerta de mi casa. La crucé y volví a mi cuarto por la ventana. Faltaban cinco minutos para que sonara el despertador. Me quedé de pie en medio del cuarto dándome cuenta que no me sentía cansado. Era todo lo contrario. Me sentía repleto de una energía misteriosa que pulsaba por todo mi cuerpo al compás de mi corazón. Era tan fuerte que veía las venosidades de mis globos oculares pulsando como pequeños rayos luminosos rodeando mi campo de visión y dirigiéndose hacia el centro.

La ropa que llevaba estaba sucia de manera increíble. La escondí debajo de mi cama, la lavaría después para que nadie sospechara. Salí de mi cuarto atravesando el pequeño pasillo que lo separaba del baño. A las cinco de la mañana no había actividad en mi casa y sólo rompían el silencio mis pisadas sordas. Me terminé de desnudar a oscuras y cuando encendí la bombilla eléctrica me percaté de mis pies enrojecidos y con una que otra ampolla. Pero no tenía sensibilidad. Todavía seguía embriagado por aquella experiencia extraordinaria. (...)

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